La mujer, zapatos negros, jeans ajustados, top demasiado pequeño, caminaba agujereando las baldosas de la vereda. La mirada escondida detrás de las gafas de sol, el pelo rubio ondeando como bandera al viento. Una imagen de fuerza, de seguridad, que se desmoronó cuando se quitó las gafas y ví deslizarse una lágrima solitaria por su mejilla izquierda. Se la quitó, se volvió a poner las gafas y volvió a transmitirse una apariencia guerrera. Siguió andando con paso firme.
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La tenia a ella de espaldas y él de frente. Estaban lejos, inmóviles, mirándose mutuamente. De repente el se dio la vuelta y empezó a andar. Ella se quedo clavada, gritó algo que no pude descifrar, el siguió hasta la esquina y torció, cuando pase por su lado, ella todavía no se había movido. Seguía mirando la esquina ya vacía.
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Las aves carroñeras vieron rápidamente una nueva presa y se lanzaron a cazarla. No quedaron ni las tripas.