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Se columpiava sin cesar. La nieve no era un impedimiento. Le gustava la cadencia rítmica del columpio. Era igual que hiciera frio o mucho calor. Repetir el mismo movimiento le gustaba. No lo encontraba mecánico. Estirar las piernas y volverlas a encoger. Impulsarse un poco más y tener la sensación de poder llegar hasta el cielo. Hasta que le entraba el vértigo y hacia más lento el proceso. Ralentizarlo y acelerarlo. Acelerarlo y ralentizarlo. Hubiera estado la vida entera columpiandose. Le gustaba que el pelo le tapara la cara cuando se balanceaba hacia adelante. Sentir que el viento le agrietaba la piel. Y al cabo de un rato notar el cosquilleo del calor en el cuerpo. Porque el frio no impide el calor y del hielo puede (re)nacer el fuego.
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Siempre nunca jamás
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